Déjalo estar, deja de poner escusas para no perderte entre todos esos pequeños detalles que te enfrascan entre chispas cada día. Deja de mostrarte recto y no querer ver más allá. Porque tanto en la perspectiva como alrededor es donde encuentras la respuesta a las grandes preguntas filosóficas. En las efímeras pequeñas cosas. Esas, que solo existen mientras tú te dejes percibirlas.
Crecimos, evolucionamos cuando nos pasaron cosas. Revolvimos todo nuestro caótico mundo y tratamos de darle la máxima relevancia a todos los detalles sin sentido de las mañanas monótomas.
Y ahí estaba nuestro secreto. Ese era.
Quien dice rutina, es quien ha desaprendido (porque los niños sí saben esto y los mayores ya no) a ver cada detalle como único.
Recuerdo que le dije: "Deseo volver a ser niña cada mañana aunque sea por unos minutos y sorprenderme hasta por las hormigas que cruzan el suelo de cemento en una pequeña esquina. Quiero quedarme sin habla cuando los primeros rayos de sol se reflejen en mi pelo, cuando en invierno con el aire congelado se forme humo alrededor de mis labios. Y lo mejor de todo es que no necesito volver a ser niña para vivir esto"
Y ahí estaba nuestro secreto. Ese era.
Quien dice rutina, es quien ha desaprendido (porque los niños sí saben esto y los mayores ya no) a ver cada detalle como único.
Recuerdo que le dije: "Deseo volver a ser niña cada mañana aunque sea por unos minutos y sorprenderme hasta por las hormigas que cruzan el suelo de cemento en una pequeña esquina. Quiero quedarme sin habla cuando los primeros rayos de sol se reflejen en mi pelo, cuando en invierno con el aire congelado se forme humo alrededor de mis labios. Y lo mejor de todo es que no necesito volver a ser niña para vivir esto"
Y escucha esa canción. Es nuestra canción, una de tantísimas. Sonríe. Párate antes de darle otro mordisco a esa fruta. Siente el olor a mandarina a mediodía tras una comida copiosa.
Cuando vuelva a casa me tumbaré en el jardín porque le haré un cara a cara a nuestro astro sol, con mi amigo el protector solar, espandiré los brazos y sentiré las caricias del roce de la hierba.
Quizá me amenace entonces la alergia y el polen. Nos invaden mil amenazas para convertirnos en personas burbujas metidas en casas con solo contacto con el mundo gracias a un ordenador y un televisor.
Yo no quiero eso, si los lugares evolucionan y se hacen cosmopolitas perdiendo su encanto yo me iré a una montaña. Al menos la cabra necesitaría escaparse al monte cada semana. Como una Heidy atrapada en la ciudad. No podemos engañarnos a nosotros mismos. Quizá es porque crecí en el campo. Pero la naturaleza tan maltratada por las industrias, yo creo que tiene el secreto de nuestra felicidad.
Y quizá en un futuro nuestros bisnietos vivan en las más grandes ciudades y la naturaleza ya extinguida es solo la musa de los artistas que se plasma en los museos y en los carteles de diseño gráfico por toda la zona urbana recuerdo de lo que un día el mundo fue. La ciudad puede acabar llena de sonrisas estáticas.
No importa porque siempre habrá belleza y quedará esperanza. Si no puedes ver el mar, podrás ver campo o el atardecer desde el desierto o los últimos anaranjados rayos de sol reflejándose en las tejas de las casas desde un punto alto de la ciudad. Sea como sea, la vida pasa, y las cosas cambian.
Las cosas bellas también mueren y se acaban. Pero el gusto por lo estético perdurará.
Y mientras no veas nada motivador a tu alrededor, no hay que olvidar que nunca dejará de haber estrellas en el cielo.
Quizá me amenace entonces la alergia y el polen. Nos invaden mil amenazas para convertirnos en personas burbujas metidas en casas con solo contacto con el mundo gracias a un ordenador y un televisor.
Yo no quiero eso, si los lugares evolucionan y se hacen cosmopolitas perdiendo su encanto yo me iré a una montaña. Al menos la cabra necesitaría escaparse al monte cada semana. Como una Heidy atrapada en la ciudad. No podemos engañarnos a nosotros mismos. Quizá es porque crecí en el campo. Pero la naturaleza tan maltratada por las industrias, yo creo que tiene el secreto de nuestra felicidad.
Y quizá en un futuro nuestros bisnietos vivan en las más grandes ciudades y la naturaleza ya extinguida es solo la musa de los artistas que se plasma en los museos y en los carteles de diseño gráfico por toda la zona urbana recuerdo de lo que un día el mundo fue. La ciudad puede acabar llena de sonrisas estáticas.
No importa porque siempre habrá belleza y quedará esperanza. Si no puedes ver el mar, podrás ver campo o el atardecer desde el desierto o los últimos anaranjados rayos de sol reflejándose en las tejas de las casas desde un punto alto de la ciudad. Sea como sea, la vida pasa, y las cosas cambian.
Las cosas bellas también mueren y se acaban. Pero el gusto por lo estético perdurará.
Y mientras no veas nada motivador a tu alrededor, no hay que olvidar que nunca dejará de haber estrellas en el cielo.

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